Allá en el sur está la última ciudad fronteriza. Las reliquias y los restos humanos se acumulan junto a la basura que cubre las calles de este núcleo urbano ubicado en el extremo sur, pocos kilómetros antes del desierto árido y baldío.

En el desierto, dentro de las dunas habitan solo escorpiones y reptiles de todas las especies. A este lado está la sequia eterna, prologo de un próximo desierto lindante. Los pocos supervivientes se consideran afortunados de compartir la existencia con la basura y los cadáveres, las reliquias ya no tiene importancia. Se utilizan solo para un extraño juego: el ritual de la lluvia, atraen (dicen en voz baja) las lluvias.

En el cielo no hay ni siquiera una nube. El sol sin piedad calcina con sus rayos de oro líquido la piel quemada de los escasos habitantes. Un día a la semana, un día cualquiera, porque no existen calendarios, se simula un baile, inevitablemente cada vez hay menos parejas. Muy pronto no habrá con quien fingir la danza. El último superviviente lo hará solo, cubierto por todas las reliquias en la espera de una sola gota de agua.